Exportación agroalimentaria: el viaje del producto fresco entre España y Portugal

La calidad de un producto fresco no depende únicamente de cómo se cultiva, sino también de cómo viaja hasta el consumidor. En un mercado ibérico donde el intercambio de frutas, hortalizas y otros productos perecederos no deja de crecer, mantener intacta la cadena de frío se ha convertido en un factor decisivo para garantizar su frescura y calidad.


España es la gran huerta de Europa. En 2025 el país exportó cerca de 12 millones de toneladas de frutas y hortalizas frescas por un valor de 18.666 millones de euros, un 4% más que el año anterior, y con Europa como destino de prácticamente todo el negocio: el 97% del total, según FEPEX. Dentro de ese mapa, Portugal ocupa un lugar cada vez más relevante. Solo en el primer cuatrimestre de 2026, las exportaciones españolas de fruta y hortaliza al país vecino crecieron un 8%, hasta 302.354 toneladas. La cercanía ayuda, pero no lo explica todo: detrás de cada entrega hay una cadena que debe mantenerse intacta de principio a fin.

El origen: todo empieza en el campo

La frescura no se crea durante el transporte; se conserva. Y la conservación empieza en la recolección. Una fruta o una hortaliza recién cosechada sigue "viva": respira, pierde agua y madura. Por eso, cuanto antes se retire el calor del campo, más larga y estable será su vida útil. La prerrefrigeración -enfriar el producto rápidamente tras la cosecha- es el primer eslabón real de la cadena de frío. Un retraso de unas horas a temperatura ambiente en pleno julio puede restar días de vida a un producto antes incluso de que suba al camión. Además, no todos los productos exigen lo mismo: una lechuga, una fresa o un lácteo se mueven en rangos de temperatura distintos, y respetarlos desde el primer momento evita que la mercancía llegue mermada al final del trayecto.

El almacén: preparar el pedido sin romper la temperatura

Del campo, la mercancía pasa por almacenes a temperatura controlada, donde se clasifica, se paletiza y se prepara para su distribución. Aquí se decide también cómo viajará: si un cliente necesita un camión completo o si su mercancía compartirá espacio con la de otros expedidores en un grupaje refrigerado. Esa elección condiciona costes, plazos y frecuencia de entrega, y conviene tomarla con criterio según el volumen y la rotación de cada envío. En todo momento la premisa es la misma: el producto no debe abandonar su rango de temperatura, ni siquiera durante la carga.

La carretera: el tramo más largo y el más vigilado

Es en el desplazamiento donde la cadena de frío se pone verdaderamente a prueba. El vehículo debe mantener una temperatura constante durante cientos de kilómetros, con registros que la controlan a lo largo de todo el trayecto. Para el transporte internacional de perecederos existe además un marco específico, el Acuerdo ATP, que homologa los vehículos y equipos capaces de garantizar esas condiciones. Ese registro de temperatura es, además, la prueba de que el producto ha viajado siempre dentro de sus límites.

En el eje ibérico, la geografía juega a favor. España y Portugal comparten frontera y espacio europeo, sin trámites aduaneros que detengan la mercancía y con distancias que permiten que un producto salido de una huerta del sur o del levante peninsular llegue al lineal portugués en cuestión de horas. Esa proximidad es, precisamente, lo que convierte a Portugal en un mercado natural para el producto fresco español: menos tiempo en ruta significa más frescura en destino.

El destino: los últimos metros también cuentan

La llegada al centro de distribución o al punto de venta cierra el viaje, pero no relaja las exigencias. La descarga, la recepción y la colocación en cámara son momentos críticos: una espera prolongada en un muelle o una interrupción de la cadena en los últimos metros pueden echar a perder todo el cuidado anterior. Por eso el transporte refrigerado no es un detalle logístico más, sino la condición que hace posible que el producto llegue en buen estado: que el consumidor encuentre en la estantería una fruta o una verdura en condiciones muy parecidas a las que tenía al salir del campo.

Una cadena sin eslabones débiles

El viaje de una fresa, un tomate o una caja de producto de IV gama entre España y Portugal es, en realidad, una sucesión de manos y de decisiones bien coordinadas. Cada tramo -campo, almacén, carretera y destino- aporta su parte, y basta con que uno falle para que el conjunto se resienta. La frescura que el cliente percibe en el lineal no es casualidad: es el resultado de una cadena de frío pensada para no interrumpirse.

En un mercado ibérico cada vez más integrado, contar con operadores especializados en logística a temperatura controlada deja de ser una ventaja para convertirse en una necesidad. Al fin y al cabo, exportar producto fresco no consiste solo en llevarlo de un país a otro, sino en lograr que llegue tan fresco como salió.


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